

Son varios los economistas que creen que el modelo económico no desbarrancó ahora, sino unos años atrás. Una fecha tentativa podría ser alrededor de 2007. O 2008. Pero en economía, como en la mayoría de las ciencias sociales, causa y reacción tienen un tiempo variable, impredecible, corto o largo según cada caso particular. Un detonante precipitó todos los desequilibrios que se venían acumulando: la mala praxis oficial con la cuestión cambiaria.
Suponer que en el país se puede prohibir lisa y llanamente la compra de dólares y no prever las consecuencias es conocer poco de la psicología del argentino promedio. Lamentablemente, la historia nos llevó a pensar en dólares.
Mal que nos pese, el dólar para los argentinos sigue siendo un refugio de valor en tiempos de incertidumbre. Es un bien que brinda ese servicio. Equivale a comprar una almohada tranquila para dormir. Pero si este bien primero se transforma en algo muy barato (por la apreciación cambiaria, producto de la inflación) y luego en algo escaso (por las restricciones a la compra) el resultado es obvio: se dispara su demanda.
El detonante en este caso fue el dólar paralelo, emergente de un país con una economía paralela que se fue incubando en los últimos cinco años. El Gobierno se convenció que la inflación es del 9% y no el 22% paralelo que miden las consultoras y varias provincias. Cree que sigue teniendo superávit fiscal y no un déficit fiscal paralelo que surge de restar los aportes del BCRA y la ANSeS al Tesoro. Estima que la economía crece a tasas chinas, y que nunca existió una recesión paralela en 2009 o la marcada desaceleración actual. También que la pobreza es del 6,5% de la población y no del 21% paralelo que miden organizaciones privadas.
En algún momento de los últimos años el kirchnerismo bajó, consciente o inconscientemente, las banderas de una macroeconomía sana que había enarbolado: tipo de cambio competitivo, inflación moderada y superávits gemelos (fiscal y comercial). Y que generó uno de los períodos de mayor crecimiento de la Argentina. El contexto externo, claro, ayudó. Desconocerlo sería una ingenuo. Y restar méritos al Gobierno, injusto.
Uno de los pecados capitales del Gobierno ha sido no tener Plan B. De otra forma no se explica cómo luego de una década de crecimiento a tasas elevadas, y tras sólo un par de meses de desaceleración, ya hay al menos 8 provincias con dificultades serias para pagar los sueldos del mes próximo.
El modelo se enfrenta por estas horas con sus propios límites. En rigor, con los límites que el Gobierno le ha impuesto al desconocer la realidad. O al forjarse una propia.
A la vertiginosa desaceleración, que amenaza con mutar en recesión, se le ha sumado la histeria de laboratorio por el dólar, engendrada por el propio Gobierno. El escenario no es irreversible, pero no hay señales de que en las esferas oficiales tengan un diagnóstico (y por lo tanto, un remedio) claro del escenario. Y eso preocupa más que la situación objetiva en sí. En economía se puede evitar cualquier cosa, menos las consecuencias.










