“Estamos aquí para celebrar la vida, que es una sola” voceó Lila Downs, a los pocos minutos de empezar su recital en el teatro Gran Rex y luego de cantar “mezcalito”, la primera canción de su nuevo disco, Pecados y Milagros.

La frase inicial, que podría quedar muy bien a un pastor de iglesia, claramente quedaría mejor si se la endilgamos a un campesino de Oaxaca que al terminar su jornada, se arrima a la barra de la cantina del pueblo a beber su “mezcalito”. El mismo brebaje que bebió Lila empinando su propia botella al comenzar el show.

La cantante deslumbra con su baile y conmueve con sus cantos. Se mueve e irradia bellezas. Sí, bellezas en plural porque son muchas y diversas: puede convertirse en una indígena, una chamana o una campesina. Ser una iguana, una culebra o un pájaro. Canta y baila sacando afuera a todas las mujeres que la habitan.

Esto último también sucede cuando canta en diferentes tonos de agudos. Anoche, por momentos, hizo que el espectador se pregunte si estaba en un concierto en el Teatro Colón o había llegado al Gran Rex.

“Tu cárcel”, “Zapata se queda” y una estremecedora versión del clásico “Cucurrucucú paloma” fueron algunos de los temas de “Pecados y Milagros” presentados al público porteño. Sin embargo, la artista se animó a más y cantó clásicos de discos anteriores como “La cucaracha”, “Cumbia del mole” y “Justicia”.

Una pantalla gigante que reprodujo una cuidadosa composición audiovisual, flores naturales de diferentes colores, botellas, instrumentos musicales y mantas típicas de culturas antiguas de Centroamérica (ella anda por la vida vestida como las mujeres de su pago natal, Oaxaca) formaron parte del altar – escenario de Downs en el Gran Rex.

Nueve son los músicos (y bailarines algunos) que forman La Misteriosa, la excelente y multicultural banda que acompaña a Lila, compuesta entre otros por Paul Cohen, su colaborador, productor y marido.

Lugo de la ovación y los interminables aplausos del público, Lila se animó al tercer bis y lo hizo con lágrimas en los ojos agradeciendo a los presentes, “como decía mi abuela, hay que permitirse llorar, la vida es una sola”, remató, volviendo al concepto con el que inició su impecable presentación.