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El corralito de De la Rúa y Cavallo

El viernes 30 de noviembre de 2001 se puso en marcha el peor paroxismo del país adolescente. El presidente Fernando De la Rúa y el ministro de Economía, Domingo Cavallo, hablaron un rato en el despacho presidencial de la Casa Rosada y terminaron de repasar las medidas principales para restringir el uso del dinero que los argentinos tenían en sus cuentas de ahorro, sus cuentas corrientes y en sus depósitos bancarios. Cavallo cruzó después hacia el Ministerio y se dirigió a su propio despacho. Se reunió con su vocero de prensa, Lisandro Varela, y acordó hacer cuatro entrevistas el sábado 1 de diciembre con los principales diarios del país: Clarín, La Nación, El Cronista y Página 12. La idea era explicar la nueva operatoria en los matutinos del domingo y de lunes, los más leídos y los más influyentes. Los reportajes fueron tensos. Los periodistas se mostraban muy escépticos sobre el éxito que podía tener el nuevo plan en medio de la desconfianza general, la caída de las reservas monetarias y la recesión creciente que estaba haciendo subir el desempleo por encima de la cifra record del 18%. En el diálogo con los periodistas de El Cronista, Cavallo les recriminó una noticia de tapa del jueves 29 de noviembre en la que el diario color salmón se había anotado una primicia de esas que duelen: el Fondo Monetario Internacional no iba a otorgar la prórroga que el país necesitaba por un vencimiento de deuda por 1.260 millones de dólares. Nada menos. Los mercados se habían derrumbado ese viernes al constatar que el dato era acertado. El ministro había evitado el tema pero, antes de despedirlos, no se pudo contener.


-Esa tapa le hizo mal a la Argentina -fue el reproche de Cavallo, que igual logró mantener la calma que solía perder.

El que recogió el guante fue el secretario de redacción del diario, el periodista Hernán de Goñi, respetado y reconocido editor de temas económicos. El ministro lo conocía bien.


-Y, Mingo, era una noticia y era verdad -fue la respuesta amable y precisa de De Goñi.


Cavallo no llevó la discusión a mayores. Había tenido demasiadas polémicas a los gritos con la prensa pero ese sábado estaba en calma. Era un fin de semana con muchísima presión y tareas pendientes por delante. Un rato después tenía que grabar el discurso que se emitiría por cadena nacional de TV el domingo 2 de diciembre. Todo estaba listo. La Argentina no se imaginaba el torbellino que comenzaba.


El 3 de diciembre de 2001 el gobierno de Fernando De la Rúa publicó el decreto 1570 anunciando oficialmente el inicio del corralito. El objetivo era frenar el retiro de depósitos bancarios: por eso limitó las extracciones a 250 pesos semanales y prohibió las transferencias al exterior (con excepciones para las operaciones de comercio exterior). Las restricciones afectaron los 16.000 millones de dólares que había en cuentas a la vista y los 42.000 millones de dólares depositados a plazo fijo.


La palabra "corralito" fue popularizada por el periodista Antonio Laje, en esos días columnista estrella de economía y finanzas del programa "Después de Hora", que a la medianoche conducía el periodista y empresario Daniel Hadad. Con ironía y acidez, Hadad y Laje fueron describiendo el complicado escenario político y económico que marcó la crisis y la decadencia del gobierno de la Alianza. Y, pocos días antes de las medidas de restricción a los ahorros, Laje describió los rumores que corrían en el mercado usando por primera vez la palabra corralito para definir la nueva realidad que iban a enfrentar los bancos, las empresas y la mayor parte de los argentinos.

"Cómo me cagaste Bigote..."
Fabián Gutmacher tenía 36 años y era tesorero de la sucursal del microcentro porteño del Banco Itaú. Llevaba el pelo corto y un bigote clásico. Por eso, algunos de los clientes habituales del banco de origen brasileño lo llamaban cariñosamente "Bigote". El viernes 30 de noviembre aprovechó un rato libre para renovar su plazo fijo en dólares. Es cierto que había cientos de rumores sobre la posibilidad de que hubiera restricciones a los ahorros pero Fabián no les hizo caso. (...)


Al final era cierto. Al final, Cavallo iba a restringir los ahorros de los argentinos como le habían prevenido. Optimista por naturaleza, trató de no darle a la cuestión más importancia de la que tenía. Por la noche escuchó el discurso de Cavallo por televisión. Tendría que arreglarse con 250 pesos por semana y dejar sus dólares en el banco por tres meses. Tampoco le parecía tan grave. (...)


Fabián nunca imaginó la intensidad de la tormenta que se había desatado en el país adolescente. Los clientes gritaban frenéticos frente a las cajas del banco. Las circulares del Banco Central seguían llegando e iban cambiando las reglas durante el mismo día. La angustia iba en aumento y la presión dentro del banco subía minuto a minuto. El límite era de 250 pesos/dólares por semana y no se podía vulnerar. Por eso, repetía la misma frase ante cada cliente como si fuera un autómata:


-No puedo darle más dinero; hoy no puedo darle más de 250 pesos.
Los clientes no aceptaban las nuevas reglas. (...) Un hombre de unos 60 años se le plantó frente a la caja. Le contaba en voz baja que necesitaba los dólares para enviarle una remesa a su hija, que estudiaba en el exterior. Fabián trataba de explicarle que no podía dárselos. Que tenía una orden del Banco Central y debía cumplirla. Que no era él ni el banco. Que era una orden del Gobierno.


-Entonces te mato. Si no me das la plata ahora te mato a vos.
Fabián no veía ninguna pistola en sus manos. Pero no sabía. Podía tenerla escondida en un bolso que llevaba. Ahora sí tenía miedo. El hombre parecía desesperado y hablaba a los gritos.


-Matemé si quiere..., pero el otro cajero que está allá (y señalaba a la caja siguiente) le va decir lo mismo. Le va a decir que no puede darle el dinero.


-Entonces te mato a vos, y después lo mato al otro cajero.


-Mateló también..., pero yo no puedo hacer nada ni el otro cajero tampoco va a poder hacer nada. Ni el que está más allá, que le va a decir lo mismo -intentaba Fabián. Pero el hombre no se calmaba y seguía a los gritos.
Los cruces con los clientes más enojados se dieron ese día y siguieron todo diciembre, a medida que se profundizaba la crisis y el corralito daba señales de que había llegado para quedarse mucho tiempo.(... ) El viernes 30 de la víspera del corralito, un comerciante con cuentas de larga data en el banco había ido a retirar 280 mil dólares de su caja de ahorro en divisa extranjera. Pero el banco no tenía esa cantidad de dinero y a Fabián le tocó comunicarle que volviera el lunes a retirar la plata. El timing no pudo ser peor. El domingo había hablado Cavallo y el lunes se puso en marcha el corralito. Los dólares estaban pero el banco tenía prohibido por ley poder entregárselos. El cliente estaba rojo de furia y parecía a punto de explotar. Pero se mantenía junto a la caja de Fabián y le hablaba en voz baja, por momentos sonriendo. Como si todo fuera parte de una broma.


-Bigote..., cómo me cagaste. Yo vine el viernes a buscar mi plata y me la pasaste para hoy. Como me cagaste, Bigote.


-Yo no lo cagué..., la plata ahora está.


Y Fabián le mostraba los dólares que estaban, efectivamente, en la caja. Pero la circular del Banco Central era muy clara y no se los podía dar. El tipo seguía sonriendo y no se movía de la fila. Bajaba la cabeza y pronunciaba su frase preferida como una letanía.


-Cómo me cagaste, Bigote...
(...) Fabián llegaba al banco a las seis de la mañana y se retiraba al anochecer, dos horas después de lo habitual. Le costaba dormirse y recién se entregaba al sueño a eso de las tres de la mañana. Comía poco y cuando la situación se tornaba muy tensa le venían ganas de vomitar. Su frase de cabecera en los años siguientes sería: "Si hubiera conocido el Rivotril sería otra historia...". Pero entonces no lo conocía y debía arreglarse como podía.
Hubo un día de diciembre en que tocó fondo. Una clienta estaba parada en la caja y no entendía razones. Se había equivocado en una transferencia electrónica y le había pasado dinero a quien no correspondía. Pero no había forma de hacerle entender que no le podían devolver la plata por caja porque el corralito no lo permitía. Y allí estaba. Parada frente al cajero y dispuesta a quedarse en el lugar durante todo el día. Fabián sintió que ese era el límite. Dejó todo intempestivamente y se dirigió caminando a la cocina, a unos metros de la caja. Agarró una taza y la arrojó contra la pared de un patio contiguo. La loza estalló en mil pedazos y el banco, donde todos escucharon el ruido, se paralizó. Pero Fabián seguía atacado por los nervios. Empezó a darles puntapiés a una mesa hasta que el zapato se le rompió. Los ruidos eran seguidos ahora por toda la sucursal que estaba en silencio. Fabián esperó un minuto y volvió a la caja. Nadie decía nada. La señora de la transferencia fallida dejó su lugar y se fue a sentar a una silla cercana. El próximo cliente se acercó a Fabián y el banco recobró por unos minutos su ritmo normal. Así era el momento. En cada calle, en cada plaza, en cada fábrica o en cada banco, el país adolescente se había convertido en una caldera de nervios destrozados.

Del corralito de Fernando al corralón de Duhalde

El corralito fue el principio del fin del gobierno de la Alianza. La coalición entre la UCR y el Frepaso había llegado al poder como la respuesta elegida por la sociedad para marcar la decadencia del menemismo. Fernando De la Rúa se convirtió en presidente apostando a una gestión más transparente y defendiendo la continuidad de la Ley de Convertibilidad de Cavallo con el "un peso = un dólar" como estandarte. Los cortocircuitos entre los socios de la Alianza no tardaron en aparecer y así fue como se precipitó la renuncia del vicepresidente Chacho Álvarez, el descenso acelerado de la imagen positiva del presidente De la Rúa y el declive creciente de la economía.


La Argentina arrastraba una recesión heredada de Carlos Menem desde el tercer trimestre de 1998 pero la luna de miel de los primeros meses del 2000 entre la Alianza y buena parte de la sociedad no alcanzó para poder superarla. En octubre de 2001 el desempleo había llegado al record de 18,3% de la población económicamente activa y los desocupados sumaban casi 5 millones de argentinos. La actividad industrial cayó un 11,6% en noviembre con picos negativos en la industria automotriz (27,5%) y en la construcción (18,1%), dos de los puntales de la producción que mostraban cuán complicado se había puesto el panorama. De los depósitos bancarios se habían ido ya 18 mil millones de dólares en el año y la variable de moda en los medios de comunicación, el índice riesgo país, superaba los 5.000 puntos, record que nos situaba en una situación parecida a la de los países más pobres del planeta.


La retención forzada de los depósitos restringió la liquidez monetaria y ahogó la economía al romper la cadena de pagos, lo que le dio un golpe de gracia a la economía informal que depende de ese movimiento de dinero para subsistir. La decisión afectó duramente a la clase media -donde estaba el núcleo mayor de votantes de la UCR y el Frepaso- que tenía sus ahorros en los bancos e incrementó la tensión social. En los días finales de diciembre hubo protestas genuinas de miles de ciudadanos hartos de la situación, que se popularizaron como masivos "cacerolazos" callejeros, y también grupos de origen político diverso que organizaron desmanes y saqueos favoreciendo la generación de una extendida crisis institucional, que se sumó así a la inocultable fractura económica y social.


Lo que siguió es bastante conocido por los argentinos. De la Rúa decretó el estado de sitio el 19 de diciembre, pero las protestas populares no cesaron. Tres decenas de argentinos murieron por la represión policial en las dramáticas 48 horas siguientes que llenaron de pánico a todo el país. El Presidente renunció durante el atardecer triste del 20 de diciembre. Y, en el curso de una increíble semana que puso a la Argentina en los diarios de todo el mundo, se sucedieron como presidentes el titular del Senado, el peronista Ramón Puerta; después vinieron los seis días del puntano Adolfo Rodríguez Saá (quien gobernó hasta el 30 de diciembre y declaró el default de la deuda ovacionado por todo el Congreso Nacional) e intentó quedarse en el poder, pero fue desalojado en una jugada de intrigas políticas por los barones del peronismo. Y fue sucedido por unas horas por el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, hasta que finalmente, tras un acuerdo con la UCR liderada por Raúl Alfonsín, llegó a la Presidencia Eduardo Duhalde, haciendo valer su base de poder en la provincia de Buenos Aires. Asumió el 3 de enero de 2002, con el país en llamas y una promesa que jamás pudo cumplir: "El que depositó dólares recibirá dólares".


El corralito murió el día de Reyes. El 6 de enero, Duhalde promulgó la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario que derogó la Ley de Convertibilidad y pesificó los créditos otorgados por el sistema financiero hasta el valor de 100 mil dólares. El 9 de enero se publicó el decreto 71/2002 que estableció el cambio oficial en 1,40 pesos por dólar y reglamentó la pesificación de las deudas de personas físicas y jurídicas según el esquema de un peso igual a un dólar.


Ese mismo día, Duhalde estableció la reprogramación de los depósitos en cajas de ahorro, cuentas corrientes y en plazos fijos de acuerdo a un cronograma en función de los montos depositados. Y el 3 de febrero, se puso en marcha la "pesificación asimétrica" al pasar las deudas con el sistema financiero a razón un peso por dólar, pero los depósitos en moneda extranjera a 1,40 pesos por dólar. (...)


El corralón comenzó a normalizar la situación económica y financiera de la Argentina al costo tremendo del empobrecimiento de muchos argentinos. Un tercio de la población pasó a estar bajo la línea de pobreza y la desocupación tardó más de un año en ceder. El dólar se disparó y llegó a tocar los 4 pesos en la primera semana de marzo, para luego bajar aunque ya nunca al valor asimétrico de 1,40 que recibían muchos ciudadanos por sus ahorros en dólares pesificados. La deuda externa siguió estando en default porque el gobierno de George Bush mantuvo una posición inflexible con la Argentina. (...)


El corralito terminó formalmente su existencia el 2 de diciembre de 2002, cuando el entonces ministro de Economía, Roberto Lavagna, anunció la liberación de los depósitos retenidos por unos 21.000 millones de pesos, medida que se acompañó con controles cambiarios que no les permitieron a las personas ni a las empresas involucradas adquirir más de 100.000 dólares con el dinero recién ahora disponible.
El 28 de diciembre de 2006, la Corte Suprema avaló la pesificación y la reprogramación de los depósitos al ordenar en un caso particular la devolución de los fondos a razón de 1,40 pesos por dólar depositado, más la inflación minorista del período, más una tasa de interés anual de 4%, sentando una línea de jurisprudencia que beneficiaría a los ahorristas que todavía tenían sus juicios pendientes.

Los taladros de la Justicia

Fabián Gutmacher no tenía paz. Justo cuando la situación del corralito empezaba a normalizarse en el banco, cayó De la Rúa y lo sucedió Duhalde. Murió el corralito y el 6 de enero apareció el corralón. Los ahorristas que no podían extraer sus ahorros en pesos o en dólares fueron reemplazados por otros que querían llevarse sus ahorros pesificados a 1,40 pesos. Y apareció un nuevo tipo de damnificado. Aquellos ciudadanos que les habían hecho juicio a sus bancos y contaban con un amparo que obligaba a las entidades a entregarles las sumas de dinero que les correspondían.


Los poseedores de amparos judiciales iban al banco con un abogado o con un oficial de justicia. Exigían la devolución de su dinero (...)


A Fabián le tocó atender a uno de esos ahorristas dispuesto a todo y pertrechado con un amparo judicial que lo habilitaba a cobrar 500 mil dólares. Cuando el banco no tenía la suma, la entidad debía compensarlo con pesos suficientes como para comprar los dólares que faltaban en el mercado libre. Era sábado y, por lo tanto, no había posibilidad de ir a comprar divisas a ningún lugar. El hombre ejerció presión y se dispuso, con sus acompañantes, a acometer el tesoro de la entidad con sus taladros. Finalmente, aceptó los dólares que tenía el banco y fue sumándoles pesos, bonos Lecop, patacones (bonos de la provincia de Buenos Aires) y hasta aceptó un paquete de monedas con diez mil pesos que ayudaron a llegar hasta la suma requerida. Todo aquello duró un año. Hasta que el corralito y el corralón pasaron a ser el peor recuerdo económico en la memoria de muchos argentinos y en la memoria de Fabián, el bancario que quiso hacer las cosas correctamente y pagó las consecuencias. (...)


(...) La rigidez (compartida por los gobernantes y por la sociedad) para mantener como fuera el 1 a 1 de la relación peso dólar más allá de la señales de agotamiento del modelo. El internismo político dentro de la coalición UCR-Frepaso llevado sin pausas al máximo nivel de autodestrucción. Los vaivenes de ideas y de hombres, que iban de José Luis Machinea y Chacho Álvarez a Ricardo López Murphy y Domingo Cavallo. La escasa colaboración institucional del peronismo, siempre más atento a las chances inmediatas de retornar al poder que a las posibilidades de ayudar a enderezar un ciclo político y económico que destrozó la situación personal de la mayoría de los argentinos. Y la ceguera de los dirigentes, que no comprendieron la magnitud de la crisis, ni siquiera cuando las manifestaciones les cantaban a los gritos en las calles: "Que se vayan todos, que no quede ni uno solo".


La crisis de 2001 mostró como ningún otro momento de la historia reciente las vísceras del país adolescente. Porque fue enteramente responsabilidad de la dirigencia y de la sociedad civil. La culpa es toda nuestra. No fuimos en estos años, como sí sucedió en otras épocas, víctimas de los dictadores, de su desprecio por la democracia y de su complicidad con la muerte. El derrumbe institucional, político y económico del cambio de siglo que debió ser una fiesta para la Argentina, nos mostró como nunca nuestras debilidades y nuestras deficiencias. (...) Todavía la Argentina no se recupera de 2001. Quizás haya un momento en que el país adolescente se levante definitivamente de las heridas que sufrimos. Pero eso no sucederá hasta que vuelvan a cobrar el sentido las palabras que lo perdieron: palabras como tolerancia, como solidaridad y como trascendencia.

El libro

- Título: Crónicas de un País Adolescente
- Autor: Fernando Gonzalez
- Sello: Ediciones B
- Páginas: 226
- Edición: 2014



* Extracto de Crónicas de un País Adolescente, de Fernando Gonzalez)