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Desandar la pendiente del atraso:el desafío que viene

La senadora María Eugenia Estenssoro escribe para 3Días. Celebra la tercera década democrática como un logro institucional mayúsculo del país, pero enumera con crudeza los pendientes: el desplome educativo, la creciente deuda social y la pérdida del abastecimiento energético. Pese a todo, destaca el potencial nacional para remontar la cuesta.

Desandar la pendiente del atraso:el desafío que viene

Tengo 55 años y puedo decir con alegría que he vivido más de la mitad de mi vida bajo gobiernos democráticos, elegidos constitucionalmente. Es algo que las generaciones anteriores a la mía no pudieron decir. Este es un logro institucional y político mayúsculo para nuestro país, aún herido en su conciencia más profunda por un pasado de golpes militares recurrentes, autoritarismo, violencia política, muerte y una gran inestabilidad que todavía tenemos que superar.
Hemos pasado por momentos muy difíciles en estas tres décadas: levantamientos militares, hiperinflación, desempleo masivo y colapsos económicos sin precedentes como en el 2001. Dos gobiernos elegidos democráticamente no terminaron su mandato o tuvieron que entregar el poder anticipadamente. Pero nuestra democracia y sus instituciones resistieron. Si algo aprendimos después de la tragedia vivida en los '70 es que no queremos volver atrás, nunca más. Esa es la mayor fortaleza de la Argentina de hoy.
Sin embargo, y a pesar de haber dedicado toda mi vida adulta a consolidar nuestra democracia, primero como periodista y ahora como política, debo admitir que la Argentina de hoy me duele y me preocupa.

La educación, en picada
En la última década, por errores acumulados a lo largo de 30 años, los argentinos perdimos nuestra mayor fortaleza como nación: ser uno de los países mejor educados de Latinoamérica. Durante más de un siglo, la escuela de Sarmiento garantizó el acceso progresivo a una educación pública y gratuita de calidad a vastos sectores de la población, permitiendo una notable movilidad e integración social. Lamentablemente, los datos revelan que hoy tenemos uno de los sistemas educativos más desiguales y deteriorados de la región, a pesar del fuerte incremento realizado en la inversión educativa, que pasó del 4% al 6,2% del PBI a partir de 2006. Tenemos los mayores índices de deserción escolar de la región: sólo se gradúa el 50% de los alumnos del secundario. Pero en el quintil más pobre sólo lo hace el 27%, contra el 79% del quintil más alto. Esto quiere decir que de cada 100 niños que ingresan a primer grado, 73 no terminan el secundario, con las terribles consecuencias de exclusión laboral y social que luego enfrentarán.
La calidad de la educación también se desplomó en esta década. Hasta el 2000 éramos primeros en Sudamérica en las pruebas internacionales PISA de lengua. Pero en 2009 caímos del puesto 37 al 58, sobre 70 países en el ránking mundial.
En la última década también perdimos el liderazgo como el país con el mayor ingreso per cápita de Latinoamérica. En 1983, la Argentina tenía un ingreso de u$s 3200 al año por habitante, casi un 30% superior al resto de la región. Mantuvimos la delantera hasta la crisis de 2001; pero en la última década, a pesar del alto crecimiento, nuestros vecinos nos superaron. Hoy Uruguay se ubica primero con u$s 15.300 per capita; le sigue Chile con u$s 14.500; Brasil tercero, con u$s 10.700; Argentina está cuarta con u$s 10.300; y quinto México con u$s 10.200.

Déficit energético
En esta última década, la supuesta "década ganada" según el relato oficial, también dilapidamos un recurso estratégico para el desarrollo: el autoabastecimiento energético. Un hecho realmente lamentable, dado que fue un período extraordinario para los países productores de hidrocarburos por los altos precios internacionales. Brasil, que producía igual cantidad de petróleo que nosotros a fines de los '90, aprovechó la situación con un shock de inversiones y aumentó su producción en un 250%. La Argentina, en cambio, produce apenas 664.000 barriles diarios, un 25% menos que su pico histórico de 1998.
Una política energética absolutamente equivocada, que el Gobierno intentó maquillar con la reestatización de YPF, nos ha convertido en un importador neto de gas y combustibles. Mientras la producción nacional sigue cayendo y el peso de las importaciones está desquiciando las cuentas públicas.
El descubrimiento de Vaca Muerta y nuestro potencial como uno de los principales reservorios del mundo en cuanto a hidrocarburos no convencionales ha generado una gran expectativa. Pero me temo que hasta ahora el Gobierno nacional y el de Neuquén han encarado el tema con una mentalidad más cercana a la fiebre del oro que al desarrollo sustentable.
Especialistas como Jorge Ferioli, presidente del Comité Argentino del Consejo Mundial de Energía, ya hicieron los cálculos: estima que recién en 2030 podríamos recuperarlo con una inversión gigantesca de u$s 190.000 millones, el equivalente a un 40% de nuestro PBI anual. Es un desafío colosal que sólo un gran consenso nacional nos permitiría transformar este grave problema en un una gran oportunidad.

Deuda social
Al hacer un balance de estos 30 años de democracia y mirar hacia delante, quiero detenerme más largamente en la cuestión que a mi entender es la más acuciante y más difícil de resolver: el drama lacerante e indigno de la creciente pobreza y desigualdad en nuestro país. Es la mayor deuda que hemos acumulado.
Después de la crisis del 2001, con la megadevaluación y la reactivación económica posterior, los índices de pobreza e indigencia mejoraron notablemente. Pero a partir de 2007 no pudieron traspasar los niveles de fines de los '90. La alta inflación acumulada a partir de entonces sólo agravó la situación. El Gobierno intentó hacer desaparecer la magnitud del problema, manipulando descaradamente los indicadores de inflación, pobreza e indigencia del Indec. Pero con sólo recorrer Buenos Aires, el conurbano y la mayoría de las ciudades y pueblos del país, vemos cómo las villas y los asentamientos precarios se han convertido en una presencia cada vez más densa y extendida en todo el territorio nacional.
De acuerdo al Observatorio de la Deuda Social de la UCA, 1 de cada 4 argentinos es pobre: 10,7 millones de personas vive en la pobreza, de las cuales 2,3 millones en la indigencia. Más escandaloso aún es que el 44% de los niños de entre 0 y 17 años -2,5 millones de niños y adolescentes- en la Argentina actual padecen algún tipo de inseguridad alimentaria.
Agustín Salvia es doctor en sociología, profesor de la UBA, investigador del Conicet y preside el Observatorio de la Deuda Social de la UCA que anualmente hace el relevamiento de desarrollo humano y social con una muestra de 5700 casos que en su momento elaboró para ellos el propio INDEC. Afirma que "desde hace 30 o 40 años la Argentina tiene un modelo económico y social de desarrollo del subdesarrollo, que incluso en períodos de alto crecimiento genera pobreza y exclusión."
Sólo en la Ciudad de Buenos Aires hay 16 villas de emergencia y 26 asentamientos precarios donde viven 164.000 personas, una población que creció un 50% en la última década, de acuerdo al censo 2010, mientras que la población total de la ciudad creció 5% en igual período.
Jorge Melguizo conoce muy de cerca este panorama y su cara más dramática, la desintegración social. Como secretario de Cultura Ciudadana de Medellín integró el gobierno que llevó adelante la asombrosa transformación de esa ciudad a partir de 2003. Sinónimo de muerte, mafias de la droga y corrupción, en pocos años Medellín se convirtió en un ejemplo de buen gobierno, pacificación e integración social y cultural. Melguizo aportó su valiosa experiencia a mi campaña electoral en 2011 y hoy asesora regularmente al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Por eso sus palabras resuenan con dureza: "En Medellín hay pobreza, pero no miseria como la que se ve en algunos bolsones del conurbano bonaerense", dijo recientemente en una entrevista.

Vocación de cambio
A pesar de tantos desaciertos, Argentina sigue siendo un país con un enorme potencial porque el mundo hoy requiere muchas de las cosas que nosotros podemos producir con calidad y en cantidad.
Si nos decidimos, podemos convertirnos en uno de los líderes de la revolución verde que está transformando al campo en una sofisticada fábrica agroindustrial, con un altísimo componente científico y tecnológico.
Si nos lo proponemos, podemos convertirnos en uno de los grandes productores de hidrocarburos no convencionales; aprovechando esta posibilidad para ir desarrollando, a la par, las energías limpias y renovables que el planeta necesita. En todo esto es importante contar con políticas públicas sustentables de protección de comunidades rurales y ambientales.
Ambas actividades generarían un profundo cambio en la matriz productiva del país, creando riqueza y cientos de miles de puestos de trabajo de alto valor agregado en las provincias, evitando la constante migración y la formación de cordones de pobreza en las grandes capitales.
Si quisiéramos, podríamos aprovechar el gran talento emprendedor que están demostrando muchísimos jóvenes argentinos quienes, a pesar de nuestro creciente aislamiento, han creado algunas de las empresas de base tecnológica más destacadas de la región y el mundo.
Y si realmente nos decidiéramos a desandar la pendiente del atraso, la pobreza y la desintegración social, sin duda tendríamos que comenzar por la educación, estableciendo metas precisas de mejora de la calidad y equidad educativa.
Sarmiento decía que "todos los problemas son problemas de educación." Sabemos que es así. Conocemos el camino. Cuando tuvimos la osadía de emprenderlo nos fue bien. ¿Qué esperamos para a empezar?. n 3D