El Gobierno cree que su política comercial debería tener un reconocimiento mayor por parte de los empresarios. Considera que muchas de sus acciones, impulsadas en defensa de la producción nacional, caen en la bolsa de las críticas sin tener en cuenta que su aplicación permite lograr objetivos superiores, como la preservación del superávit comercial y el sostenimiento de empleos.


La escasa comprensión que genera este intervencionismo a ultranza en el comercio internacional (con excepción de los elogios que prodigan los industriales de sectores sensibles con alto uso de mano de obra) actúa como un incentivo negativo frente a los controles, e incluso provoca sobrerreacciones, como la pelea abierta ayer en el seno de la OMC.


La Argentina eligió pelearse con gigantes comerciales como Estados Unidos y Japón, para tratar de demostrar -y justificar- ante los críticos que a la hora de defender a sus empresas, el proteccionismo no tiene ni límites ni fronteras. Muchos empresarios están de acuerdo con administrar el comercio exterior. Pero para que ese apoyo se vuelva público, el Gobierno tiene que invertir su esfuerzo y dedicarle más energía a la promoción de inversiones que a los controles. Es inútil defender la exportación si la política interna no ayuda a ganar mercados.